viernes, 11 de noviembre de 2016

Querido aludido

Pamplona, 5 de noviembre de 2016

Querido aludido,
A usted que tiene la potestad de decidir en nombre de todos nosotros, hoy le digo:
Estoy cansada de encender la televisión y solo oír hablar de desgracias. Me encuentro en mi casa a las tres de la tarde. Un plato delante, y en la televisión, el miedo reflejado en los ojos de un niño que muere de hambre a miles de kilómetros de aquí. Estoy cansada de escuchar hablar sobre tarjetas black, de políticos corruptos, de guerras y de conflictos. Agotada de la situación en la que ahora mismo se encuentra nuestra sociedad. Me consume la impotencia que me hace sentir esta situación. Acallar mi conciencia para poder disfrutar de la felicidad como lo haría un ignorante me abate. Ya dejan de consolarme las escasas, pero aparentemente buenas, noticias.

Fuente: cdnb.20m.es

Usted se preguntará por qué me decido hoy a escribirle esto, y es que veo en mi desesperanza una oportunidad. Soy una ciudadana más, impotente, que ve la necesidad de confiar en usted para cambiar este mundo de normas y leyes a uno de pactos y acuerdos. Pienso sobre qué puedo hacer yo para cambiar todo esto que me preocupa. Me doy cuenta de que por mucho que ayude contribuyendo con dinero, alimentos u horas de mi tiempo, no es suficiente. Hacer más que esto no está en mis manos, sino en las suyas. El problema radica en que sus manos persiguen los fines sin importar los medios. Y veo que es fácil elegir la guerra como un buen medio cuando son otros los que se manchan las manos. Soy consciente de que en esta todos pierden, ni siquiera los ganadores pueden considerarse vencedores. Nadie tiene las manos limpias. ¿Hasta qué punto es un problema tan grave como para merecer una guerra? ¿Acaso le parece razonable? Recuerde lo que le decían en el colegio: ‘’si te pegan y pegas, pierdes la razón’’. Sin embargo, no le culpo, usted busca un buen fin, pero lo encuentra por encima de las personas. Y a pesar de lo que le increpo, la culpa es también mía. He colaborado con ayudas humanitarias sin entender que realmente lo que conseguía era sostener la situación de guerra. Lo que de verdad se necesita es erradicarla. No es una solución. La guerra, como todo lo malo, puede ayudar a valorar la paz, pero no es necesaria. Puede haber paz sin guerra.
Estoy terminando de escribirle esta carta y aún tengo en mi mente la imagen de los ojos de ese niño que moría de hambre a miles de kilómetros de aquí. A usted, el aludido, le pido paz. Y le pido justicia no solo para mí y los míos, sino para todos los habitantes de este lugar llamado mundo, con la única intención de alcanzar la paz, aunque se encuentre lejos. Y es que, aunque no esté cerca, usted la puede alcanzar. Quizás el comienzo esté en sus manos.
Yo por mi parte le aseguro que no me cansaré de encender la televisión y solo oír buenas noticias. Tampoco me cansaré de ver que hay gente que consigue sus sueños, que también pasan cosas buenas en este mundo en el que todavía brilla la luz del sol. Ojalá que algún día cuando me encuentre en mi casa a las tres de la tarde con un plato delante, pueda emocionarme al ver que el miedo ya no se ve reflejado en los ojos de aquel niño. El descanso merecido llegará si esta carta sirve de algo, porque insisto, estoy cansada. ¿Y usted? ¿Lo está?

Atentamente,
Una voz más.

Ensayo realizado junto a Andrea Marqués Mira y Andrea Aliende Armendia

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