viernes, 11 de noviembre de 2016

Por las hojas que no caen

Veía las hojas caer. Veía cómo caía una a una desde aquel alto árbol que estaba frente a mí. La mayor parte de ellas caían estuvieran donde estuvieran y lo hacían hasta llegar a la hierba húmeda del suelo. Ahí siento que están muchos. Están en el suelo. Están en el suelo los que han vivido de emociones toda su vida y ahora no tienen ninguna. Son aquellos que han vivido de las drogas del placer desde sus inicios. Son hojas que forman parte de un árbol que siempre ha sido abonado. Pero cuando llega el otoño las hojas caen esté o no abonado el árbol. Irremediablemente, caen. Así también caen sus vidas cuando dejan de tener su satisfacción. Así también llegan a la hierba húmeda del suelo.

Fuente: noticias.eltiempo.es

La sociedad nos vende un “ten lo que quieras y sé feliz”. Basta con ver tres anuncios en la televisión aleatoriamente para darse cuenta de esto. Si nuestra lavadora ya está vieja, vamos a cambiarla por otra nueva. Para qué nos planteamos arreglarla si es más sencillo comprar otra nueva y supondrá mucho menos esfuerzo. El verdadero problema llega cuando este pensamiento inunda nuestra vida. Placer, placer y más placer. Solo queremos emociones que se nos venden como drogas, pero son emociones que nos llevan a la búsqueda de nosotros mismos y a la satisfacción de los placeres vivos. No quiero mantener una relación estable. No quiero ni mucho menos casarme. No quiero en ningún caso tener hijos y formar una familia, pues me quitará tiempo para hacer lo que me apetezca hacer. No quiero ser madre. No quiero ser padre. No quiero estar toda mi vida con una persona. Solo soy yo, yo y yo. Solo yo y nadie más. Dos divorcios en España por cada matrimonio. Cuántas infidelidades. Cuántas parejas deshechas. Cuántas parejas hundidas. Cuántas personas que se dieron por vencidas. Cuántas personas que no se atrevieron a luchar y cuántas que ni siquiera se atrevieron a comenzar. Y es que tristemente tratamos a las personas como a una lavadora. Si ya no sirve, la sustituyo. Estamos cosificando a las personas que tenemos a nuestro lado. Me duele creer que vivamos en una sociedad tan egoísta. Me duele creer que solo nos busquemos a nosotros mismos. Solo queremos nuestro placer, nuestro bienestar. Solo queremos lo momentáneo aunque sea momentáneo. Solo queremos disfrutar unos minutos más hasta que llegue la próxima diversión. Me duele pensar que el mundo se conforme con esto que se nos vende como felicidad. Me duele pensar que nadie llegue nunca a salir de esa hierba húmeda del suelo a la que nos lleva el placer.
Pero hay algunas hojas que no caen. Hay algunas hojas que no caen ni en otoño. Hay algunas hojas que parecen quedarse siempre en el árbol y que se limitan a ver la hierba húmeda del suelo desde lejos. Y casi nadie ve estas hojas, pero están ahí arriba. Esto es lo que ocurre. Hay personas que sí descubren el amor. Hay personas que sí descubren la entrega total. Hay personas que solo quieren donarse sin esperar nada a cambio. Hay personas que quieren entregar sus vidas por otras. Hay personas que renuncian a otros placeres por formar familias. Hay personas que se comprometen. Hay personas que toman decisiones para toda la vida. Hay personas que solo se entregan completamente a una única persona y en el momento adecuado. Son personas felices. Has leído bien, son felices. Pero son tan pocas estas personas. Son tan pocas las hojas que no caen porque tienen sus peciolos bien insertos en la rama. Son personas que han construido duramente sus fundamentos con ladrillo. Qué triste es no ser capaz de construir con ladrillo. Qué absurdo resulta querer estar en la hierba húmeda una y otra vez. Por ello, quiero ser una hoja de las que no caen. Quiero que todo el mundo lo sea. Hoy doy gracias a las hojas que no caen por dejarnos ver que no hay por qué caer.

Fuente: joseluislopezvelarde.com

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