viernes, 11 de noviembre de 2016

El perdón y el olvido

Cuánto duele cuando una lanza atraviesa tu costado, cuando una bala atraviesa tu pecho o cuando un cuchillo se clava en tu espalda. Cuánto duele pensar que la herida que dejan todos estos artefactos puede no sanar. Cuánto duele pensar que ese puede ser tu fin. Más aún duele cuando es la lanza del desprecio la que atraviesa tu costado, cuando es la bala del engaño la que atraviesa tu pecho o cuando es el cuchillo de la traición el que se clava en tu espalda. Alguien nos ha hecho daño. Alguien ha sido capaz de dirigir hacia nosotros esa lanza, esa bala o ese cuchillo. Definitivamente, duele.

Fuente: mejorconsalud.com

A veces me pregunto por qué me encuentro con tantas personas que viven con mil y una balas atravesando su pecho, con mil y una historias en sus cabezas por zanjar y con mil y una heridas por cerrar. Lo curioso es que hay personas que prefieren seguir sangrando antes que intentar cerrar la herida. Y es que poner los medios para cerrarla es uno de los procesos más complicados para el ser humano, porque parece ser algo que se nos escapa de nuestras manos. Cuántas veces no nos hemos visto capaces de perdonar situaciones que nos desbordan. Incluso nos llega a parecer más inhumano perdonar que no hacerlo, porque consideramos que si perdonamos, no hacemos justicia. A veces parece también humano negar la situación que ha ocurrido y borrarla de nuestras memorias. Sin embargo, esto se asemeja a poner un parche a la herida que sangra. Las personas que nos rodean no verán la herida, pero nosotros seguiremos sufriendo porque permanece abierta. Puede que entonces no sangre, pero cualquier pequeño roce la volverá a hacer sangrar. A veces parece también más humano pedir perdón, pero seguir queriendo hacer justicia. Creemos que es algo que nos hará sentir mejor frente a esa situación que nos desborda. Es pedir perdón, pero no olvidar. Creo que me puedo permitir decir que esto no tiene sentido alguno. Sería algo similar a poner los medios para que la herida cicatrice, pero a la vez herirnos para forzar que sangre de vez en cuando, por lo que nuestra herida nunca cicatrizará. En definitiva, cuando alguien nos hiere preferimos cerrarle la puerta y guardar el rencor en nuestro corazón. Pensamos que el tiempo, negar la situación ocurrida o pedir perdón pero hacer justicia acabarán haciéndonos olvidar.
En el fondo de nuestro corazón, sabemos que ninguna de estas opciones acabará con nuestro problema. Sabemos que las tomamos como escudos que ponemos sobre nosotros mismos por si otra lanza, bala o cuchillo vuelven a ser lanzados. Lo que no sabemos es que estas opciones nos encadenan a nosotros mismos y nos quitan la paz. No sabemos que solo perdonando somos capaces de tomar el control de nuestra propia vida, puesto que al fin dejamos de ser dependientes del daño que nos ha causado el otro. Y tampoco sabemos que perdonar no es solamente olvidar. No sabemos que tenemos que asumir la situación. No sabemos que tenemos que ser conscientes de que la herida está ahí para poder sanarla. Debemos asumir lo que esa persona ha hecho, pero integrarlo como parte de nuestra vida y aprender de ello. No sabemos que si sacamos una enseñanza, el rencor disminuye. No sabemos que entonces perdonar se hace más sencillo. Ya no se necesitan venganzas. Ya se siente paz. No sabemos que absolutamente todos cometemos errores y nos equivocamos. No sabemos que perdonar repercute como algo positivo hacia tu persona. Y es que perdonar nos lleva a la felicidad. Y es que sólo tú tienes la posibilidad de ayudar a que esa herida cicatrice con el tiempo. No permitas entonces que esa bala duela más. Saca de ti la lanza del desprecio, la bala del engaño y el cuchillo de la traición y aprende de ello. Deja atrás el rencor hacia esa persona que te hizo daño y sé consciente de que has aprendido algo profundamente valioso: perdonar.
Fuente: 4.bp.blogspot.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario